Desde el otro lado del cristal me devolvía la mirada una niña sonriente.
Y al fijarme un poco más pude adivinar sus sueños e inquietudes, y también sus miedos, en esa sonrisa tímida y esos ojos tan brillantes.
Miraba el mundo entre atemorizada y maravillada, con ojos nuevos y corazón ingenuo.
Cuando me aparté del cristal, la pequeña echó a andar y se vino conmigo.
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